Esta semana en la Bombilla:
El encargo de Jenatzy: 1897, un taller que llevaba noventa años haciendo carruajes construyó la carrocería de la máquina que iba a acabar con su oficio — el momento de construir lo siguiente es cuando todavía no lo necesitas (y siempre parece una distracción, no una oportunidad)
La puerta de transformación: La confianza no es un rasgo de personalidad, es infraestructura — sin ella cada victoria es un evento aislado, con ella cada victoria compone
Cita que nos gusta: Me he refugiado en respuestas incuestionables que me daban tranquilidad y me quitaban visión — una respuesta que no puedes cuestionar te deja tranquilo, una pregunta que no puedes responder te mantiene vivo
El encargo de Jenatzy
El 31 de diciembre de 1897, el taller D’Ieteren entregó una carrocería para un carro eléctrico. El cliente era Camille Jenatzy, un piloto belga que dos años después sería el primer hombre en pasar de los 100 kilómetros por hora.
El taller llevaba noventa años haciendo carruajes de caballos. Medallas en exposiciones internacionales y, desde 1887, el contrato de la casa real belga.
Estaban en su mejor momento. Y ese día construyeron la carrocería de la máquina que iba a acabar con su oficio.
Los dos hermanos
D’Ieteren empezó en 1805 como un taller de ruedas en Bruselas. Hoy factura más de 8.000 millones y sigue en manos de la misma familia, siete generaciones después.
Entre medias: carruajes, carrocerías a medida, importación de Studebaker en 1935, distribución exclusiva de Volkswagen en Bélgica desde 1948, y en 1999 la compra de Belron, líder mundial en reparación de lunas.
En los años veinte, Lucien D’Ieteren ya sabía que el coche americano fabricado en serie iba a terminar con la carrocería artesanal. Tardó quince años en moverse, y el crack del 29 le dio la excusa. Su hermano Albert apostó por lo contrario y siguió con el oficio.
La empresa de Albert acabó cerrando.
El momento de construir lo siguiente es cuando todavía no lo necesitas.
Lo que parece una distracción
El problema es que ese momento nunca se parece a una oportunidad. Se parece a una distracción.
Es el encargo raro que te pide un cliente y que no encaja en tu catálogo. Es la herramienta que tendrías que aprender y que ahora mismo no te hace ninguna falta. Es la línea pequeña que factura el 4% y da todas las conversaciones interesantes.
Cuando el negocio va bien, a esas tres cosas se les dice que no. Y se les dice que no con buenos argumentos: foco, prioridades, no dispersarse.
La trampa
En 2016 D’Ieteren compró Moleskine, la marca italiana de cuadernos, en una operación que la valoraba en más de 500 millones. El día del anuncio las acciones de Moleskine subieron un 13% y las de D’Ieteren cayeron hasta un 7,3%. Los analistas no entendían la operación.
Nueve años después, Moleskine factura unos 140 millones. En 2025 cerró el semestre en pérdidas y el grupo tuvo que reconocer una depreciación contable sobre la marca.
Los analistas tenían razón.
En 220 años, casi todos los movimientos de la familia habían sido un paso lateral: ruedas, carruajes, carrocerías, importar coches, lunas, recambios. Cada uno se agarraba al anterior. Moleskine no se agarraba a nada.
Y eso es exactamente lo que pasa cuando construyes lo siguiente con demasiado dinero encima. El excedente hace que todo parezca alcanzable, y lo alcanzable no es lo mismo que lo conectado.
Piensa en lo próximo que estás pensando en añadir.
No te preguntes si es buena idea. Pregúntate a qué se agarra, qué cosa que ya haces lo hace posible. Si no sabes nombrarla, no es un paso. Es un salto.
Confianza
Hace poco estaba trabajando con mi hija ayudándola a entender matemáticas básicas. Y en algún momento me di cuenta de algo que cambió por completo cómo veía lo que estábamos haciendo.
El problema no eran las matemáticas.
El problema era que ella necesitaba creer que podía aprenderlas. Necesitaba la confianza de saber que, si practicaba, lo iba a entender. Sin esa confianza, los números no importaban. Con ella, los números empezaban a tener sentido casi solos. Construir su confianza era más importante que enseñarle las matemáticas.
Ese momento me hizo pensar en algo que llevo observando mucho tiempo.
La confianza es uno de esos atributos que la gente tiende a tratar como algo que tienes o no tienes. Como si fuera un rasgo de nacimiento. Algunas personas son seguras, otras no.
Además, se trata como una habilidad blanda, algo secundario, no algo en lo que las personas pongan suficiente valor o atención deliberada.
La realidad es que la confianza gobierna más de lo que la mayoría de las personas se dan cuenta.
Los que tienen sabiduría práctica tienden a saber cuándo tienen confianza en una situación y cuándo no, porque entienden que impacta directamente su rendimiento. No es superstición. Es mecánica.
Cuando tienes confianza en lo que estás haciendo, tu capacidad de ejecutar, de tomar decisiones bajo presión, de mantener la calma cuando las cosas no salen como esperabas, es fundamentalmente diferente a cuando no la tienes.
Lo que he aprendido es a calibrar constantemente cuánta confianza tengo en un dominio, en una situación específica. Y donde la confianza es baja, a construirla deliberadamente. No con motivación. No con frases inspiradoras. Con método.
Pequeñas victorias que demuestran que puedes. Conversaciones honestas conmigo mismo sobre lo que sé y lo que no. Práctica deliberada en las áreas donde la confianza falta. Cada pequeña victoria se convierte en evidencia. Y la evidencia acumulada se convierte en confianza que ya no depende de que alguien te la dé.
Y aquí está la parte que más importa entender.
Puedes obtener resultados sin confianza. Eso es cierto. Un buen día, una buena oportunidad, un golpe de suerte pueden producir un resultado aislado. Pero no puedes construir un bucle autosostenido que te empuje hacia arriba si no trabajas en tu confianza.
El bucle funciona así: la confianza mejora el rendimiento, el rendimiento produce resultados, los resultados alimentan la confianza, y la confianza mejorada eleva el siguiente nivel de rendimiento. Cada ciclo construye sobre el anterior.
Sin confianza en el sistema, cada victoria es un evento aislado. Con ella, cada victoria compone.
Esa es la diferencia entre alguien que tiene buenos momentos y alguien que tiene una trayectoria ascendente. No es talento. No es suerte. Es que uno construyó el bucle y el otro no.
Lo que vi con mi hija frente a las matemáticas es lo mismo que veo en emprendedores, en atletas, en cualquier persona que intenta construir algo. La habilidad importa, la estrategia importa, el esfuerzo importa. Pero debajo de todo eso, sosteniéndolo, hay una capa que casi nadie trabaja con intención: la confianza de saber que puedes aprender, adaptarte y mejorar.
Esta capa no es blanda. Es la base sobre la que todo lo demás se construye.
La confianza no es un rasgo de personalidad. Es infraestructura.
“Prefiero tener preguntas que no pueden responderse a respuestas que no pueden cuestionarse."
— Richard Feynman —
Me encanta esta cita porque invierte lo que solemos valorar. Pone la buena pregunta por encima de la respuesta cerrada.
En los negocios premiamos las certezas. Queremos el dato definitivo, la respuesta clara, el marco que lo explica todo. Y desconfiamos de la ambigüedad, como si no tener la respuesta fuera una debilidad. Pero Feynman, uno de los físicos más brillantes del siglo, prefería la incomodidad de una pregunta abierta a la comodidad de una certeza que ya nadie discute.
Porque la respuesta que no se puede cuestionar deja de enseñarnos. Se convierte en dogma. Y el dogma es donde el pensamiento se detiene.
Me he refugiado en respuestas incuestionables. Certezas sobre mi negocio que repetía como verdades absolutas y que, precisamente por incuestionables, me impedían ver que el terreno había cambiado. La respuesta cerrada me daba tranquilidad, y me quitaba visión.
Las buenas preguntas incomodan porque no se cierran, nos obligan a seguir mirando. Pero es justo esa apertura la que nos mantiene despiertos cuando todos los demás ya dejaron de pensar.
Una respuesta que no puedes cuestionar te deja tranquilo. Una pregunta que no puedes responder te mantiene vivo.
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